Durante los años 80 y 90 del siglo XX, los grandes desfiles de la extrema derecha terminaban con la aparición de grupúsculos extremistas, enarbolando banderas y pancartas neonazis y racistas. Marine Le Pen liquidó esa tradición. Y en las manifestaciones del FN de los últimos años han aparecido personajes de otro tipo: madres solteras que vienen con sus niños en brazos; jubilados pobres; mucho obrero poco o nada calificado; jóvenes bachilleres que no pueden prolongar los estudios; muchas parejas de hecho que viven en la periferia social más dura…
Empecé a ir porque aceptaban patacones sin ceremonias gestuales desagradables. El público se nutría de niños, abuelas jóvenes y hombres asalariados de baja calificación en un mercado contraído. Pero en esos días la escala cromática clientelar se amplió, ellas llegaron con sus propias tinturas desde la casa, y con instrucciones muy precisas para las aspirantes a estilista. La disminución económica de los hogares quiso ser compensada con el estreno de la autoridad social en esos nuevos territorios hostiles, para hacer acaso menos dolorosa la caída. Las chicas aspirantes escuchaban en silencio y con una media sonrisa lo que ellas le iban indicando, lo que querían para su cabello, su cutis o sus manos, y remataban el discurso con la forzosa amabilidad de una pregunta. Les preguntaban si habían entendido, y las chicas decían que sí, que tomaran asiento que ya las iban a atender, y había que ver qué lindo espectáculo era presenciar esa espera incomodada, ese malestar ante instalaciones que ellas no juzgaban dignas de su pasado patrimonial reciente y de una musicalización del ambiente que no coincidía con lo que habitualmente brotaba de sus radiograbadores domésticos.
Eran los días en los que en silencio, y detrás de la ansiolítica escenografía decembrista, la sociedad argentina decidía entregarle, en un mercado negro y paralelo de la memoria posibilista democrática, el gobierno y la salida de la crisis al partido justicialista de la provincia de buenos aires.
Era lógico que cuando llegaran los años dorados de la pax kirchnerista (2003-2007, con el pico de felicidad nacional en 2005), ellas dejaran de someter el acondicionamiento de su belleza a manos periféricas, a dedos percudidos y a uñas con el esmalte saltado, y volvieran a sus peluquerías originarias. Estaba bien, era un dato de la reactivación económica y espiritual de la nación. Pero yo, que no tenía ninguna ambición capilar más que pasarme periódica y administrativamente la maquinita a cero sobre mi sensible cuero cabelludo, seguí yendo a la academia de belleza donde las chicas de Budge, Villa Albertina o El Campanario se forjaban una carrera en el mundo de la estética.
Mientras me pasan la maquinita, yo descanso, trato de no pensar en nada y el ambiente que se respira en el salón es en general el de la paz social. De fondo suele sonar la radio o un cd, la última vez que fui sonaba el segundo corte de difusión de Alexandra Stan, ese día me tocó una chica con un piercing turquesa en el bozo y unas chatitas animal print muy caminadas. Las chicas cortan en silencio, muy concentradas, cada tanto suelen pasarme la palma de la mano sobre la pelada para comprobar la textura del corte, algunas se asustan cuando pasan la máquina y ven que el cuero enrojece, me preguntan si me duele y yo les digo que no, que tengo la piel sensible, que no se preocupen y la aspirante entonces recupera la sonrisa junto con la calma y reactiva el zumbido de la máquina, y aunque a veces me toquen chicas bruscas, con manos inexpertas que lastiman un poco, que en vez de pasar una afeitadora parecen estar pasando una cortadora de césped de las viejas, de esas con cuchillas tracción a sangre que pasaba mi abuelo sobre el jardín familiar, yo les digo que está bien, que no duele, que tengo la piel de la cabeza sensible, que no pasa nada.

Muchos recuerdan hoy casi al borde de las lágrimas que se originan dudosamente en la memoria aquel discurso lluvioso de Ricardo Alfonsín en la rural, las gotitas de agua nívea se deslizaban oblicuamente por la influencia de algún viento y el presidente gorjeaba contra las corporaciones que tanto mal le habían hecho a su gobierno. Digamos que el borbotón parquenortista ya no le dejaba ver a RA los problemas de conducción del estado que se originaron en una omisión de lectura: no comprender que no existía capacidad administrativa y fiscal básica para que el estado funcionara. Por eso Menem es el padre de la democracia. Mientras RA conmovía con las palabras a un sector emblemático de la cultura progresista (los vencedores culturales de una derrota política anterior, que sucedió cuando yo no había nacido, también estaban ahí), el populacho entraba en el suplicio político de la inestabilidad económica, en la antesala bucólica de un plan primavera para todos. Pero los niños de clase media estatal y pujante preferíamos, en las jornadas anteriores a cualquier saqueo supermercadil realizado casi con amabilidad cetrina, ir al club de la empresa del estado, el atildado club de los cuellos blancos y obreros de la industria militar, las fabricaciones militares inauguradas por el compañero general Savio cuando el que era un niño era mi padre. Los niños jugábamos al tenis, nuestros padres cuelloblanco jugaban al tenis, nuestras madres cultas y amas de casa jugaban al tenis. Jugábamos sobre lo que un Carlitos Moyá o un Alex Corretja llamarían tierra batida, que para mí suena mejor que polvo de ladrillo, jugábamos de la mañana a la noche mientras afuera Alfonsín se hundía en una tardía y absurda verba antiruralista en un país que no tenía mecanismos burocráticos para cobrar impuestos (siempre es primero la economía y luego la política, como decía en la intimidad ese gran presidente que fue Néstor Kirchner), porque se come y se educa no con el pelpa constitucional sino con guita, con caja, con margen fiscal, porque el superávit de las finanzas publicas es la esperanza del pueblo capitalista. Los negros con camisas azules de grafa nos dejaban la cancha bien regada, los flejes tan blancos que se podía pasar la lengua como se pasa sobre un helado artesanal o sobre una rajita higienizada, pelábamos nuestras raquetas de grafito 45 o 90 en un mercado hegemonizado por Prince pero yo usaba Yamaha, drive, revés, volea y smash, los morochos cancheros hacían un laburo intuitivo con el polvo de ladrillo, eran unos genios, y en el BALTC también son todos morochos los que te preparan la cancha, en ese caso con camisas de grafa verdes, y cuando fui a ver la exhibición Sabatini-Kournikova se me acercó el canchero después de regar y escobear, se quedó ahí parado se da vuelta y me dice “¿vos sabés cuanto hace que trabajo acá, pibe?” y claro que era una pregunta retórica pero hizo la pausita igual, “desde el ´73, la primera vez que ganó Vilas acá, le ganó a Borg” y el tipo se pone a lagrimear, y Kournikova ya está en la línea de base para esperar el saque y da saltitos y el morocho lagrimea por el recuerdo y de reojo le mira las piernas a Anita y desde la tribuna alguien grita “dale negro, rajá que ya empieza” y yo me voy a sentar a la platea pero el negro se queda ahí todavía con la escoba en la mano, lagrimea menos y le mira más las piernas a Anita, y Gaby va a sacar (con ese saque pedorro que tuvo siempre) y el negro se aviva y se va, y el culo y las gambas de Anita son historia, 15-0, ace de Gaby, tomen putos, vamos argentina carajo.
Y cuando RA anunciaba una economía de guerra en esa caja negra final y no cuando correspondía, es decir, cuando arrancaba su mandato y la mitad más uno era lo que había plasmado el colegio electoral, los niños de los estatales pegábamos el drive con poco top, no como ahora, y nuestros padres se enfrascaban en competitivos torneos internos. Al mediodía los calores y el hambre nos hacían cortan la actividad. Nos agrupábamos todos en la masiva confitería y en la teles mirábamos tenis. Era la época de oro de Gaby Sabatini y se analizaba mucho, se discutía si iba a llegar a número uno, y había gente insufrible que radiografiaba golpes, “pero mirá que bien lateraliza el torso la Navratilova en el saque” y otros que parecían al borde del orgasmo mientras veían un Becker-Sampras sobre carpeta indoor (posiblemente un Masters, supongo), y eran todos estatales de cuello blanco, sanamente amesetados por la plenitud protoprivatizadora, antes de que Menem los sacara del jardín infantil de la improductividad pública para llevarlos a la jungla adulta de la actividad privada, antes de que se hicieran hombres en el ámbito del videoclub, la rotisería o el remís. Para esa época, la dirección cívico-militar del club decidió modificar su política de asociación: empezaron a aceptar socios externos, se rompió la endogamia de los “trabajadores de la empresa pública”, ahora venía gente de afuera, y con una capacidad económica caudalosa, familias turgentes del sector privado con poder de fuego adquisitivo muy superior al de un asalariado calificado de las terminales y desfinanciadas empresas públicas. Encima muchos de estos extranjeros jugaban mejor al tenis y en los torneos se reflejaba la tensión social, la pica entre “los externos y los de fábrica”, aunque ahí no tallara ningún obrero, ningún compañero trabajador manual de fundición, de aleaciones, salvo uno. Uno que sólo aparecía cuando se jugaban los torneos, el señor C., que llegaba en silencio con su bolso de cuero armado, su panza de vino y su chuequera impronunciable, sacaba su raqueta de madera muy bien barnizada en la era del grafito, y las esposas de los cuellos blancos y los externos se iban desesperadas a la cancha donde jugaba el señor C., las minas se meaban cuando veían moverse al negro en el precalentamiento, se movía poco porque tenía buen timming y mucha fuerza en el brazo, una aceleración tremenda casi sin mover el cuerpo. Y las cultas amas de casa pegaban sus manos y sus tetas al alambrado romboidal para ver mejor al señor C., que hacía mucho saque y volea y los cagaba a todos, inclusive a adolescentes pulcros que estaban todo el día con la raquetita y también se cogían a las minitas más lindas del club, y el negro les ganaba en tercera ronda 6-3 y 6-3 sin despeinarse. Y el señor C. era un obrero de la fabricación militar y jugaba muy bien al tenis, con un estilo clásico que hoy no existe más, el revés todo con slice y cuando el rival no lo veía se te metía en la red, y listo. Solía perder en cuartos de final, con rivales ya de mayor nivel y entonces saludaba al vencedor, y se iba en silencio, no saludaba a nadie más que su oponente: era como un personaje de Rulfo, pero éste existía de verdad, era un forastero que encabritaba las aguas mansas de la recreación estatal, era como un hombre sin nombre de Leone que viene, hace su trabajo y se va, y ese silencio calentaba más a las amas de casa cultas y desesperadas, y cuando el señor C. le ganaba a un socio externo, los cuellos blancos tomaban ese triunfo ajeno para gastar a los externos “ése es nuestro, es de fábrica” les decían mientras retrocedían en la plantilla de asociados y en la capacidad económica, y todo esto pasaba antes de la Reforma del Estado que RA no quiso hacer, tan sólo, por cagón. Un día estaba yo en los vestuarios, me estaba poniendo la mallita para ir a la pileta, estaba todo desierto, yo estaba tranquilo porque en el cambio de ropas no habría testigos de lo que para mí era mi pija chiquita, mi pija tensa y chiquita de niño estatal pudoroso, y alguien había porque empezó a sonar agua en la zona de duchas, y yo me quede en silencio junto a mi vestidor y escuché, y de repente se siente un silbidito desde las duchas, alguien se fregaba y silbaba, y era como una canción pero no sabía qué era, yo era tan solo un niño estatal que jugaba tenis, y había una parte en que el silbido aumentaba su fuerza ( y que sólo muchos años después pude notar que era la parte que coincidía con “por ese gran argentino que se supo conquistar”) y otras en que el silbido se perdía detrás del agua sanitaria de la ducha, y volvía, hasta que paró junto con el agua. Después de un rato, salía por el pasillo hacia la puerta, con el bolso de cuero armado, en cuero, shorcito y ojotas y todavía chorreando agua por el lomo, el señor C., y en total silencio y sin verme y sin ver a nadie, dejó una línea de agua en el piso, y se fue.
“Axel Kicillof es lo único presentable que tiene La Cámpora”. Con ese comento destemplado y parco se cerraba el diálogo que mantenía delante de mí una parejita juvenil en la procesión de ingreso al personal fest. La chica no agregó nada a esa afirmación, quizá porque la cuestión no le interesaba en lo más mínimo, y porque se acercaba el cacheo reglamentario dividido por sexos. Ya no llovía y lejanamente se percibía la desganada potencia vocal de Allison Goldfrapp en el escenario principal.
Antes de eso hicimos tiempo para lubricar el lobby en la esquina de Figueroa Alcorta y Ombúes, mientras los enjambres ABC1 del área metropolitana de provincia y capital copaban las entradas y se mandaban con absoluto desprecio por el disturbio. Gente como uno, todos cortados por la misma tijera idiosincrásica, con matices, pero todos del mismo palo, sabedores de que el fervor populista es un sobreesfuerzo un poquitín deshonesto. Cercanamente y en sus respectivos lobbys vimos a Nadia de GH 2007 con un bb deslizable que no paraba de chequear, y luego se nos cruzó el peterpanista Andy Kuznetsof, que corría muy agitado hasta la zona de ventanillas y volvía a correr, y su cabellera nevada dejaba una estela sódica en la oscuridad, en maridaje con esa insoportable camperita coldplay que Andy parece tener tatuada desde que comenzó la década kirchnerista.
Goldfrapp tocó una hora clavada de synth marcial que cerró con la hiperbailable Ooh La La. Una maquinita de ritmos aceitada a la que el público le devolvió la atención y las contorsiones que la banda merece. Luego el ejército de camperitas nike antilluvia de acotada prosapia importadora (que claramente escapan al poder de compra motomelista) se pasó al escenario motorola para ver a Beady Eye. La banda de Gallagher hizo un show aceptable, pero se nota que Oasis es una pesada herencia que al kiddo de manchester le costará resolver. Tocar Songbird para levantar un poco el setlist parecería ser una concesión que el menor de los Gallagher todavía no está dispuesto a dar, pero bueno, Papandreu también quiso el voluntarismo de un referéndum para el ajuste democrático y la realpolitik se le atravesó con un “call me” realista que lo llevó a las tierras más áridas y deprimentes de la rosca interpartidaria para salvar al Estado.
Los baños químicos me demoraron en una meada longeva cuando habría el fuego The Strokes con un sonido impresionante y una versión demoledora de New Cork City Cops que en el machaque amalgamado batería-bajo-guitarras me recordó al mejor Honey Hush jamás versionado: el de Foghat. Luego pegaron Heart in a Cage, Modern Age y las casi 40 lucas estallaron para no parar hasta el sprint final con Last Nite, Hard to explain y Take it or leave it. No había que ser ultrafan para notar que, objetivamente, se trató de lo mejor de la noche.
That girl walked in here with nothin´ but guts, she had no hope of becoming what she needed to be. A year and a half later, she fought for the championship of the world. People die every day, washing dishes and sweeping floors, and their last thought is that they never got their shot. Cause of you, Maggie got hers. You know how many people in this world get that? If Maggie died today, I bet her last thought would be, I did pretty good. I could rest knowing that.
Eddie “Scrap-Iron” Dupris

Para cuando a Luis Buñuel le preguntaron qué había en la cajita bisbiseante que el chino le muestra a Catherine Deneuve en Belle de Jour, ya existía una runfla de interpretaciones profundamente filosóficas y vacías con demasiada pretensión cahierista sobre esa escena, numerosa tinta gastada para servir al afianzamiento de egos y a cierta normativización estética de lo que en una época lejana se llamó “cine de autor” y que hoy ya no existe, por suerte. Luisito, que era un intuitivo, se los fumó con la respuesta: les dijo que no había nada, o que había lo que ellos quisieran que haya, no sé, no es importante. Una decepción para los chicos que pagan cuotas criminales en la universidad del cine para darle sentido a la vida. Esta nostalgia analítica por los significados no corre tampoco para Katy Perry, que no sufre porque muchas de las canciones que compone sean facilongas y sin mensajes con profundidad docente. Katy se caga de risa, y como conoce el decálogo popero, sabe que la papa (y lo más difícil) está en pegar el mazazo justo para desarticular, por unas horas, los malestares acumulados de la vida cotidiana. Es por eso que el pop domina el mundo, porque es el que mejor se adapta (y disloca) a las mediaciones volátiles entre la “producción artística” y el mercado.
Llego a GEBA con mucho margen, y en la esquina de Dorrego y Freire ya arrancó la transa de la reventa, todo en paz y en orden. La tropa púber se mete en el estadio, y en medio de ese scrum teenager recibo una llamada política y farfullo sintagmas como “gringo Soria”, “Aníbal F. se lo coge al Barba en Quilmes”, “hay que ajustar”, “Marcó del Pont” y unas pibitas, con un coeficiente de cogibilidad alto y lentes de sol con marco rosa, me miran como diciendo “a este flaco le falla” y sí, chicas, me falla, pero como diría Malkovich en Relaciones Peligrosas, está en mi naturaleza y no lo puedo controlar.
Como Buñuel, Katy Perry es una católica inteligente que no se toma en serio todos esos discursos teológicos de la trascendencia, todo ese verso espiritual anacrónico, ella se limita a ser una hembra del west coast que ironiza sobre la diaria, la mina que comanda con solvencia el party time, la mina que querés en tu equipo, tanto como fuckbuddy como para ir a comer un asado, la mina que se dedica a la lírica del gaste. Si el grito de guerra de Katy es “quiero verte la pija” o “sos tan putito” casi en clave porcel-olmediana para rebatir premeditadamente su propia puesta en escena pura e infantil con la más cruda ironía, quiere decir que ahí ya hay una operación de cierta complejidad y más atractiva que la linealidad embolante de, por ejemplo, Calle 13.
Esa misma compulsividad por la docencia, que Katy Perry rechaza y que está en la raíz de la cultura progresista, es la que emana del campañón humanitario a favor del canal infantil Paka-Paka, ese increíble maul pedagógico en el que se agrupan los adultos sobrepolitizados para así avanzar a pesar de las pulsiones de sus propios hijos. Lo cierto es que Paka-Paka es un Flacso para niños que a cada paso siente la necesidad de dejar una enseñanza, se le nota mucho la costura pedagogicista hiperforzada que condena a los niños a la angustia, y futuristamente, los candidatea al rivotril. Paka-Paka es un embole, Paka-Paka es una garcha, como confiesan en secreto los kirchneristas más lúcidos de mi generación, y Katy Perry le dedicaría un dardo ácido, se reiría mucho de ese fiambre televisivo que las niñas que la siguen y la escuchan, no miran.
“Donde estás, putaaaaa!! No venís a ver a katy???”, le mensajea una rubia de 20 a su amiga vía blackberry. Falta media hora para que empiece el set de KP, y lo que se ve es desde una clase media alta (un chetismo minimalista) hasta una clase media baja blanca con guita en el bolsillo (la huella kirchnerista). Mucha gente vino a ver a Katy desde el conurbano sur. Dos chicas aceitunadas con las pelucas azules, le piden a un flaco que les saque una foto, juntan las mejillitas y le hacen un besito a la cámara, y después corren a preguntarle cuál es el facebook o el twitter al que las va a subir, y cuándo las subís, desesperadas las chicas por verse inmortalizadas en la cancha de rugby de GEBA.
Sobre la hora caen los treintañeros y varios de cuarenta largos, para que se arme el combo plurigeneracional, desde pibitos de siete años hasta canosos prematuros que se juntan para ver pop para divertirse. Ni más ni menos. Los puntos de mayor poderío musical y vocal son Circle the Drain y E.T., y si no saltás en Hot n´ Cold o no estribilleás Firework, es porque sos de nailon o porque tenés un compromiso muy autodestructivo con el existencialismo. Las 15 lucas que metió KP estábamos bajo un paraguas común: el de joder un rato, porque ya habría tiempo para volver a los malestares laborales, amorosos y libidinales. Cuando la fiesta terminó, una flaca que no bajaba de 28 años, le dijo a su amiga, casi a modo de queja aliviada: “Es la primera vez en el año que pago por un show que valga la pena”. Una exageración, sin duda. Pero la realidad efectiva que esa noche quedó flotando en el aire, como para alargar la paz social en tiempos de angostamiento distributivo, es que todos habíamos ido a ver a Katy Perry, y nos gustó.


